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EL CRISTAL CONTRA EL HORMIGÓN

Artículo de Beatriz Carrillo de los Reyes, presidenta de FAKALI, con motivo del Día Internacional de la Mujer

Somos “el varón incompleto”. Así lo manifestaban algunos pensadores y filósofos que tanto han influenciado en el pensamiento occidental. Esa ideología planea aún en las mentes más ancladas de la sociedad mayoritaria y se evidencia no sólo en los asesinatos de mujeres que año tras año ocupan las listas más vergonzantes de la sociedad moderna, sino que también se ejemplifica en el sistema patriarcal en el que vivimos. Por eso el Día Internacional de la Mujer se ha constituido como un símbolo emblemático de rebelión contra la opresión, la desigualdad y la violencia.

 

Gracias a esas mujeres inconformistas y luchadoras el mundo ha avanzado y es de recibo tenerlas presentes y recordar todo el camino que sembraron. Gracias a las feministas que han dado su vida por las demás mujeres. También gracias a todos los que han despertado y se posicionan en pos de la igualdad de género, ayudando a regenerar esta sociedad del hostigamiento y la violencia que padecen miles de mujeres. Las cifras hablan por sí solas: casi novecientas han sido asesinadas por violencia de género desde 2003, una veintena en el primer bimestre del año, y las cifras siguen disparándose de ciudad en ciudad, de barrio en barrio, de familia en familia. Por tanto hoy en día, es fácil dilucidar que el camino que nos queda por recorrer se antoja arduo.

Leía en prensa hace unos días que uno de cada cinco asientos en los Consejos del Ibex es ocupado por una mujer. Esto es la punta del iceberg que se traduce en un dato brutal que muestra cómo aún se mantiene el orden patriarcal dominante, que mantiene a las mujeres fuera de los circuitos del poder social y económico. La desigualdad salarial, por ejemplo, es otro dato que sigue imprimiendo los coletazos de esa corriente machista y explotadora de género… y así podemos seguir contando cómo el inventario de la desigualdad de género es infinito a pesar de los grandes logros conseguidos, que además no debemos dejar en el olvido porque se convierten en un ejemplo sobre el proceso de cambio que vivimos.

Ciertamente se ha avanzado mucho. Mi vida no es la misma que tuvo ni mi abuela, ni las libertades que tuvo mi madre las que disfrutó la suya. Mi madre, como la generación que me precede, no podía abrir una cuenta bancaria sin la autorización de mi padre, su marido; ni tampoco podía controlar ni poseer la gestión micro económica de su hogar para ejercer esa labor mal denominada “ama de casa”, que como tantas miles de mujeres se ha visto infravalorada en el inmenso esfuerzo al que se han visto obligadas. Tampoco mi madre, a pesar de estar casada con un hombre político y vanguardista, revolucionario y gitano, podía ejercer su derecho a la autorrealización de formarse, compartir las tareas del hogar y la educación de sus tres hijas. Sí pudo canalizar, con las escasas opciones a decidir su propia libertad, incluso ejerció su enorme influencia a través de sus hijas para que no tuviéramos el mismo destino que ella ocupó como mujer, madre y esposa. “Estudiad y formaos como bandera de liberación” ha sido su lema revolucionario, pues nadie mejor que ella sabe cuántas bondades posibilita la formación, no sólo como método de búsqueda igualitario en el género, sino como una provocación al sistema que ha procurado en todo momento subyugar al mal llamado “sexo débil”, al cual le proporciona un rol preestablecido al que nos negamos fervientemente. Incluso a través de esos roles, si es que llega la separación sentimental, la reconstrucción de la mujer queda en entredicho. Ahí está mi madre, que recién estrenado el divorcio en España ha preferido no rehacer sentimentalmente su vida. Bien por las ataduras de un entorno medio rural y a la vez cultural que podría haber sido más castigador de lo que ya era, o bien por esos latigazos que te privan de libertad. Por lo tanto decidió echarse a la espalda la mochila cargada del divorcio, de los prejuicios levantados de parte de la sociedad que no veía con buenos ojos el hecho de “rehacer su vida”, las miradas, los comentarios, la estabilidad social…Todos esos bártulos pesados que se pegan a la espalda y que no pueden despegarse. Se convierten en casi un órgano más del cuerpo humano y en este caso, vertido sobre el femenino.
 
Pues sí, cuando leo en prensa artículos sobre el techo de cristal, donde se hace referencia a que las mujeres de mi país, con muchos esfuerzos (a veces duplicados) tan sólo una de cada cinco llega a los espacios de poder económicos, o bien cuando escucho que aquellas mujeres que aún teniendo mayor formación y preparación son invisibilizadas y colocadas en la pendiente de la jerarquía hegemónica, me provoca  rabia por semejantes injusticias. Nos encontramos pues ante muros levantados por una sociedad que aparentemente se autodenomina igualitaria, pero que en las distancias cortas aún sigue oliendo a podrido. Y ante ello, las connotaciones culturales, religiosas o étnicas no están en distintos planos en tanto que el patriarcado es el mismo: busca una zona de confort que subyuga a la mujer, constituyéndola como ese “varón incompleto” que los pensadores occidentales proclamaban. Con los mismos derechos, las mismas virtudes, pero con un sino, un rol y un destino que parecen descritos.

Mientras que el feminismo hegemónico ha logrado transformaciones tan importantes en el avance de la igualdad de género, como mantener, entre otras cuestiones, el debate social y político sobre la lucha contra el techo de cristal, el feminismo “periférico” de las mujeres gitanas seguimos luchando contra muros de hormigón.
 
Echemos la vista atrás y recordemos a esas revolucionarias en nuestro día a día, en todas esas madres que nos han proporcionado un avance sin precedentes. Feministas que sin saberlo han liderado un movimiento cuyo testigo hemos recogido con orgullo. Opré Rromnia. Arriba las gitanas.