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SER GITANO, LA LUCHA ETERNA CONTRA EL ESTIGMA

Respuesta al profesor Xavier Martínez Celorrio

La historia nos ha condenado a vivir y sobrevivir en una sociedad donde ser diferente se convirtió en la justificación hegemónica para mantenernos fuera de todos los circuitos sociales, del poder, de lo económico, del conocimiento, etc. y, en definitiva, fuera de todo lo que no se asemejara a la virtud del progreso y la modernidad de la llamada “vida civilizada”. Una civilización que invitó a liquidar las raíces, la red parental, la solidaridad, la cooperación… En definitiva, la identidad colectiva para crear un mundo ordenado jerárquicamente basado en la individualidad, la competición, la ambición… Toda una transformación que se dio en aras de mantener los privilegios del poder frente a quienes no se han resignado a perder sus huellas culturales e históricas. El artículo que acusa a los gitanos y las gitanas de ser subdesarrollados cuando alude a nuestras tradiciones nos recuerda a aquellos pensadores y pseudointelectuales que, desde ese insoportable complejo de superioridad, usan las diferencias culturales como marcadores de fronteras (Franz Barth) para seguir colocándonos verticalmente en el escalón más bajo de la sociedad.

En el artículo publicado el pasado 27 de marzo en elperiodico.com (http://bit.ly/2nRIQb0), el profesor Xavier Martínez Celorrio arguye como un lamento el fracaso de las llamadas políticas sociales del Estado para integrar al Pueblo Gitano. Desde esa alusión, que él mismo define como “perspectiva paya”, en las primeras líneas del artículo, deja entrever que los gitanos y las gitanas seguimos siendo un pueblo incapaz de convivir, pero desde la “perspectiva gitana” es más bien inconformismo a seguir subordinados a la limosna del Estado Español y sus políticas viciadas que permanentemente nos dejan atrapados en la marginalidad de las periferias. Y, sobre todo, nos resistimos a que se sigan invisibilizando los grandes esfuerzos que el Pueblo Gitano está haciendo para desarrollarse el doble en la mitad de tiempo. Ciertamente, y partiendo desde una inequidad escandalosa, hemos demostrado suficientemente que somos un pueblo invencible, a pesar de que algunos se empeñen en seguir infravalorando nuestra gran riqueza cultural y negando nuestra contribución a la sociedad.

Un lobby importante y numeroso de personas gitanas y no gitanas conoce bien la historia gitana, sabe de las dificultades y las consecuencias de situar sistemáticamente a un pueblo en el cajón de la exclusión, del desprecio y la inferioridad. Y también hay suficientes argumentos científicos y académicos sobre cómo se desintegra una identidad milenaria en el pozo de la pobreza, perdiendo el norte de sus valores y sumiéndose en el conflicto y el dolor de ser siempre el perdedor.
Por ello, movimientos civiles, activistas, personas anónimas gitanas y no gitanas trabajamos a diario para mejorar la imagen y las condiciones de vida de este pueblo, superando con esfuerzo los obstáculos que la historia nos ha legado: estereotipos, desconfianza, invisibilidad, desigualdad y pérdida de nuestra cultura en entornos de marginación social.

Somos conscientes de que un cambio hacia la inclusión y el bienestar de cualquier grupo excluido debe pasar por un reconocimiento social y positivo de su identidad. No podríamos pensar en la igualdad de género, por ejemplo, si antes no cuestionamos el patriarcado y se sitúa a la mujer en un lugar merecido en la sociedad, desmontando discursos sexistas y utilizando el lenguaje de género. Los gitanos y las gitanas aspiramos nada más y nada menos que a este mismo reconocimiento contra los prejuicios y las trapacerías que incluso la Real Academia de la Lengua Española nos hizo definiendo el término gitano de un modo tan denigrante y ofensivo.

Quienes no han conocido nunca todos estos elementos caen en la simplicidad del pensamiento como única forma de entender el mundo: todos los catalanes son tacaños, todos los andaluces vagos, todos los niños tienen pene… y todos los gitanos son violentos.

Ya no solo los medios de comunicación, también la ciencia hace un flaco favor a este esfuerzo de superación que estamos haciendo los gitanos y las gitanas al utilizar discursos superficiales que reducen a nuestro pueblo al estigma negativo como si de una película violenta se tratase. Caen en saco roto los pasos que damos para construir una sociedad que en lugar de criminalizar “todo lo gitano” contribuya a mejorar la convivencia y, teniendo en cuenta desde donde parte cada persona, se fomente su inclusión. Simplificar una realidad tan compleja como ésta y echar leña al fuego es un ejercicio de violencia más grave aún que, como podemos ver en la historia contemporánea, incita al odio y al exterminio.

Desde los movimientos civiles gitanos creemos que la lucha contra la intolerancia y el racismo es un asunto común que debe ser atajado desde todos los frentes posibles. Desde la ciudadanía, la política, los medios de comunicación y, cómo no, también apelamos al compromiso de quienes tienen el poder de sentar las bases del conocimiento. Ciencias, academias, universidades, escuelas: una definición discriminatoria, genera discriminación.

FAKALI, Federación de Asociaciones de Mujeres Gitanas