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DÍA INTERNACIONAL DEL FLAMENCO

¿Qué hubiese sido del Flamenco sin Andalucía; la tierra donde el arte y el duende emergen de los poros de un Pueblo milenario?, ¿y qué hubiese sucedido si no se hubiese mimado, cuidado y revestido de la singularidad de Triana, Jerez, Lebrija, Utrera, Los Puertos y Cádiz? ¿Qué hubiese sido de él sin los aires del Sacromonte granadino?, ¿y sin el levante andaluz, o el Fandango onubense? Lejos de elucubraciones actuales, donde se revisan o se desmemorizan las teorías o los postulados culturales más elementales según el convenio de cada persona, lo cierto y verdad es que el Flamenco no hubiese tenido el compás que tiene. Si no hubiese sido en Andalucía quizás hubiese sido otra cosa, pero Flamenco no, seguro que no.

El Flamenco va más allá de sus palos y es que, trasciende lo cognoscible o lo asumible por parte de esa mediocridad popular que lo sigue asociando a la delincuencia y a lo marginal. El Flamenco no es un tipo de música, es una forma de vida; una cultura que se transmite de madres y padres a hijos e hijas. Hablamos de una forma de entender la vida en base a una familia, al concepto atemporal de las manillas del reloj y primigeniamente también ligada a los trabajos físicos, duros y tan mal pagados como las fraguas, el campo, las minas o los muelles. Por eso el Flamenco, por mucho que las investigaciones y las cátedras postulan sobre el futuro del cante jondo, se olvidan de la materia prima, que no es otra que la cuna, el vientre y el concepto de vida tan distintivo que tienen los y las flamencas.

Ciertamente gozamos de una muy buena salud en relación al Flamenco. Ahí están los nuevos baluartes que poco a poco aparecen para deslumbrar a toda la sociedad y no sólo para llevarse las miles de reproducciones en vídeos de plataformas digitales, sino para demostrar que el Flamenco se vive, se nace y se comparte alrededor de las familias, que marcan los tiempos a la infancia para que sepan a su vez valorar nuestra idiosincrasia en esta época descaradamente globalizadora. Sigue el Flamenco con buena salud en las academias, en los cursos y por todo el mundo, llevando Japón la voz cantante, junto con Francia, Latinoamérica o los Estados Unidos, siendo (no se nos olvide) lugares que se abrieron al Flamenco con Camarón, Paquera, Fernanda, Bernarda, Carmen Amaya o Paco de Lucía, por citar sólo algunos nombres. Quizás nos falte compromiso, en primer lugar con los barrios Flamencos por antonomasia, donde las peñas necesitan de una apuesta decidida por los entes públicos, además de los y las menores, que corren el riesgo de olvidar la raíz musical de su tierra, que se convierte en exportadora de un estilo que resiste a las embestidas de la globalización pero que aquí deja en barbecho un cultivo sin cuidar, quizás por las propias influencias de esas mentes mediocres que lo asocian a lo marginal. En segundo lugar falta verdad cuando hablamos de Flamenco y se nos olvida la raíz de los soníos negros, que es la gitaneidad del cante grande.

Faltamos a la verdad cuando ausentamos de manera consciente o inconsciente la innegable raíz en las aportaciones gitanas del Flamenco, ya sean en las declaraciones institucionales, en los discursos o en los estudios que versan sobre esta cultura, cayendo por tanto en un cante, pero sin letra, corriendo el riesgo de creer que en los estudios de grabación se puede reproducir un complemento directo pero sin conjunciones, quedando de esta forma inconclusa una obra que no hubiese existido sin Andalucía, ni tampoco sin sus gitanos ni sus gitanas.

Feliz Día Internacional del Flamenco